jueves, 9 de agosto de 2012

RONDA DE LUCES



Gran Canaria
No existe la palabra que te nombre
ni la luz que a tus ojos cante clara
ni cielo que a tus ámbitos asombre
ni estrella que en tu seno se apagara.
No existe más verdad que la que alfombre
Tu voz de cielo en fruto, la que amara
la sombra de tu sombra, la que diga
cómo y en ti mi cuerpo se desliga.
José María Millares - 1950, XXIV
MAIMENES

ONEIRON

GRAN CANARIA



Dime, sueño del alba,
una mentira más.
Alcánzame a vivir el puro instante,
Ángel que te alejas.
Despertaré creyendo
en las historias de la noche.

Dame, línea sombría del amanecer,
otra ocasión, la última,
de sentirme viviendo
en alas de un pájaro
que sube siempre
hasta el final del sueño.
Carlos Pinto Grote-1973

MAIMENES

NUESTRO AMOR MALDITO

LA GARITA
TELDE-GRAN CANARIA


Nuestro amor es maldito.
Lo rondan ciertas bestias
cuyas caras se ocultan bajo el lecho,
seres que aguardan el naufragio,
anticuarios perversos
que en la tragedia encuentran
la ocasión del tesoro,
coleccionistas ávidos de objetos
dignificados por la sal.

Alguien sueña en secreto
el hundimiento del amor,
alguien desea el ocaso,
alguien acecha el día
con las oscuras sustancias
de la envidia.

Alicia Llarena

SIEMPRE ESPERANDO

GRAN CANARIA



Siempre esperando.
Desde aquella muerte temprana
cuando aún estaban mis hojas tan verdes.
Qué esperanzada pisaba los campos.
Qué generosa y colmada mi mano.
Qué afanada tras la cosecha.

Noches interminables vigilaban
al viento por si traía un mensaje.
Esperas bajo el sol. Diálogos
con la luna tristísima de invierno.
Y qué dolor bajo el cielo que cubre
tanto silencio,
tanta pregunta sin respuesta.

Van pasando los años.
Nada sobre la tierra.
Ninguna posible esperanza.
Ninguna verdad madurando.
Sólo silencio.

Pino Ojeda

maimenes

martes, 7 de agosto de 2012

TOMAS MORALES






El mar es un remanso. Vagamente refleja
la pedrería mágica de las constelaciones.
Nuestro bote resbala por el estuario, y deja
leve rastro fosfóreo, tenues ondulaciones…
Tú en silencio me escuchas, inquietante, compleja.
Yo te voy recitando mis dolientes canciones
donde hay más de suspiro que de llanto y de queja:
¡el amargo poema de nuestros corazones!
Bruscamente el silencio de la noche serena
rasga el grito angustioso de remota sirena…
¡Oh, lúgubre alarido como eterno adiós!
Sobre el agua profunda inclinada un instante
tú me dices, muy bajo, tentadora, insinuante:
- Si esta noche… ¡ahora mismo!... muriésemos los dos…
Manuel Verdugo: Tentación.
Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina,
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina ...

Silencio de los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos en el confín perdido,
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido...

Fingen, en la penumbra, fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados,
brillando entre las ondas muertas de la bahía;

y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía ...

Tomás Morales: Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico

viernes, 27 de julio de 2012

TEMORES

Temía estar solo, hasta que aprendí a quererme a mí mismo.
Temía fracasar, hasta que me di cuenta que únicamente fracaso cuando no lo intento.
Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que me di cuenta que de todos modos opinan.
Temía me rechazaran, hasta que entendí que debía tener fe en mi mismo.
Temía al dolor, hasta que aprendí que éste es necesario para crecer.
Temía a la verdad, hasta que descubrí la fealdad de las mentiras.
Temía a la muerte, hasta que aprendí que no es el final, sino más bien el comienzo.
Temía al odio, hasta que me di cuenta que no es otra cosa más que ignorancia.
Temía al ridículo, hasta que aprendí a reírme de mí mismo.
Temía hacerme viejo, hasta que comprendí que ganaba sabiduría día a día.
Temía al pasado, hasta que comprendí que es sólo mi proyección mental y ya no puede herirme más.
Temía a la oscuridad, hasta que vi la belleza de la luz de una estrella.
Temía al cambio, hasta que vi que aún la mariposa más hermosa necesitaba pasar por una metamorfosis antes de volar.
Hagamos que nuestras vidas cada día tengan mas vida y si nos sentimos desfallecer no olvidemos que al final siempre hay algo más.

Hay que vivir ligero porque el tiempo de morir está fijado.

Ernest Hemingway

maimenes

LA MALDICION DE LAURINAGA

Se dice que antaño Fuerteventura fue una isla con mucha vegetación. Pero, en la actualidad es una isla muy árida y muy seca. Este cambio climatológico está demostrado científicamente.Sin embargo existe una leyenda de la isla conocida como, la LEYENDA DE LAURINAGA




"En el siglo XV, don Pedro Fernández de Saavedra, fue nombrado señor de las islas Afortunadas. En Fuerteventura. Don Pedro, tan conquistador en el amor como en la guerra, cobró fama, nada más llegar a la isla por sus aventuras con las muchachas guanches. Se casó, al poco tiempo de llegar allí, con doña Constanza Sarmiento, hija de García de la Herrera, y tuvo catorce hijos, amén de todos los ilegítimos que sembró por la isla en sus frívolas aventuras. Con el transcurso de los años, uno de los hijos de doña Constanza, don Luis Fernández de Herrera, se convirtió en un apuesto caballero, heredando todos los defectos de su padre, pero ninguna de sus virtudes. Era altanero, petulante y conquistador; pero cobarde para la guerra. Y le resultaba divertido seducir a las muchachas indígenas, que le miraban como a un héroe. En una ocasión, se encaprichó de una bellísima doncella que había sido bautizada como cristiana con el nombre de Fernanda. A la muchacha no le disgustaba la presencia de don Luis; pero no se decidió a poner en juego su reputación accediendo a sus deseos.


Pasaron los meses y el galán siguió acosando a Fernanda, que cada día se sentía más dispuesta para aquel juego, hasta el extremo de aceptar una invitación de don Luis para asistir a una cacería organizada por su padre. Llegado el día, don Luis se las arregló para estar solo toda la mañana con la ya enamorada doncella. Comieron plácidamente a la sombra de un chopo y poco después el joven caballero la invitó a dar un paseo. En animada conversación llegaron a una espesa arboleda cuando ya la tarde declinaba. Don Luis, creyendo que ya había llegado el momento de prescindir de galanteos platónicos, intentó abrazar a Fernanda. Ella trató de defenderse, pero comprendiendo que le sería imposible hacerlo, pidió socorro a grandes voces. Los gritos fueron oídos por los cazadores, y advirtieron la ausencia de la pareja.


Don Pedro montó en su caballo y, en compañía de otros caballeros, picó espuelas para dirigirse hacia allí. Antes de que llegaran, pudo acudir un labrador indígena, que al ver la situación de la doncella trató de defenderla de don Luis. Éste, ofendido y molesto, desenvainó un cuchillo, dispuesto a quitar la vida a aquel indígena. Pero no fue posible, porque, tras unos minutos de lucha, el labrador pudo arrebatar el arma a don Luis. Iba a clavársela, como venganza, ciego de ira, cuando don Pedro, que llegaba a todo galope y había visto la escena se precipitó con su caballo sobre el campesino que cayó con violencia al suelo y murió en el acto. Entonces apareció de entre los árboles una anciana indígena, madre del labrador, que lanzando una mirada dolorida sobre aquel cuadro, se dio cuenta enseguida de lo ocurrido.
 Levantó la cabeza para conocer al causante de aquella muerte, y se encontró con la de don Pedro, el caballero que la había seducido en su juventud y del que había tenido aquel hijo que acababa de morir. La anciana al reconocerle, ciega de indignación, le hizo saber que ella era Laurinaga y que aquel cadáver era el de su propio hijo. Luego, elevando los ojos al cielo, como invocando a los dioses guanches, maldijo con voz temblorosa y acento grave aquella tierra de Fuerteventura, por ser señorío de aquel caballero don Pedro Fernández de Saavedra, causante de todas sus desgracias. Dicen que a partir de aquel momento empezaron a soplar sobre aquellas tierras los vientos ardientes del Sahara, que se empezaron a quemar las flores y toda la isla fue convirtiéndose en un esqueleto agonizante, que según la maldición de Laurinaga, acabará por desaparecer."
maimenes