sábado, 26 de marzo de 2011

QUE HERMOSAS SOMOS NOSOTRAS...



Todas las flores del desierto están cerca de la luz. Todas las mujeres

bellas son las que yo he visto, las que andan por la calle

las que huelen a limpio y sonríen cuando las

miran. Sin medidas perfectas, sin tacones de vértigo.



Las mujeres más bellas esperan el autobús de mi barrio, o se compran

bolsos en tiendas de saldo. Se pintan los ojos como les gusta y los

labios de carmín de chino.



Las flores del desierto son las mujeres que tienen sonrisas en los

ojos, que te acarician las manos cuando estás triste, que pierden las

llaves al fondo del abrigo, las que cenan pizza en grupos de amigos y

lloran sólo con unos pocos, las que se lavan el pelo y lo secan al

viento.



Las bellezas reales son las que toman cerveza y no miden

cuántas patatas han comido, las que se sientan en bancos del parque

con bolsas de pipas, las que acarician con ternura a los perros que se

acercan a olerlas. Las preciosas damas de chándal de domingo. Las que

huelen a mora y a caramelos de regaliz.



Las mujeres hermosas no salen en revistas, las ojean en el médico, y

esperan al novio ilusionadas con vestidos de fresas. Y se ríen libres

de los chistes de la tele, y se tragan el fútbol a cambio de un beso.



Las mujeres normales derrochan belleza, no glamour, desgastan las

sonrisas mirando a los ojos, y cruzan las piernas y arquean la

espalda. Salen en las fotos rodeadas de gente sin retoques, riéndose a

carcajadas, abrazando a los suyos con la felicidad embotellada de los

grandes grupos.



Las mujeres normales son las auténticas bellezas, naturales, sin gomas

ni lápices. Las flores del desierto son las que están a tu lado. Las

que te aman y las que amamos. Sólo hay que saber mirar mas allá del

tipazo, de los ojazos ,de las piernas torneadas, de los pechos de

vértigo. Efímeros adornos, vestigios del tiempo, enemigo de la forma y

enemigo del alma. Vértigo de divas, y llanto de princesas.



La verdadera belleza está en las arrugas de la felicidad...

Mario Vargas Llosa.

maimenes









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